top of page
Buscar

Migración y desigualdad estructural: Vivir pidiendo permisos

  • Foto del escritor: Felipe Diaz de Vivar
    Felipe Diaz de Vivar
  • 4 jul
  • 6 min de lectura

El mundo moderno se presenta como global, abierto y conectado. Y, sin embargo, sigue organizado alrededor de fronteras: líneas imaginarias que forman países. No solo dividen territorios; distribuyen posibilidades de vida. Condicionan dónde es posible vivir, viajar, trabajar y construir un proyecto.


El problema aparece cuando se intenta instalarse en un país en el que no se tiene un derecho automático de permanencia. Ahí moverse deja de ser un gesto cotidiano y pasa a ser una solicitud. Vivir bajo un régimen de permisos provoca que incluso lo más básico —trabajar, alquilar, moverse, planificar— dependa de una instancia y criterio externo.


El permiso no se distribuye por lo que eres


El permiso no se concede ni se niega en función de lo que eres como persona. No se evalúa si eres íntegro, responsable o si actúas de buena fe; se evalúa si encajas en una categoría legible.


El primer filtro es el origen. Antes de que se evalúe tu historia personal, tu “mérito” o tu trayectoria individual, los distintos territorios ya te reciben con una categoría inicial: tu pasaporte. Hay nacionalidades que permiten libertad de residir entre más países, y otras nacionalidades que necesitan muchos más permisos. Esta asimetría está tan normalizada que termina pareciendo lógica: como si fuera natural que la libertad de desplazamiento estuviera distribuida de forma desigual desde el nacimiento.


Como segunda instancia, una vez evaluado el origen, se puede solicitar una visa, un permiso temporal. Los permisos varían según la nacionalidad que se posea, y siempre tendrá el organismo de extranjería la última palabra sobre su aprobación o rechazo. Antes de que el permiso finalice, para poder quedarse se debe solicitar otro permiso o una extensión del anterior, y nuevamente a la espera de lo que decida el organismo pertinente. A su vez, es habitual que esté limitado en cantidad de horas de trabajo, a los puestos que puedes aplicar, a las actividades que puedes realizar e incluso condicionar oportunidades por el requerimiento de pasos extra.


Un matiz necesario: hay límites que sí tienen sentido


No todo filtro es injustificable. Es lógico que existan restricciones para quien representa un riesgo real —delincuencia, violencia, amenazas— porque ahí no se trata de identidad, sino de seguridad pública.


También es razonable que exista una expectativa mínima de integración: convivir implica respetar ciertas normas comunes. Y es inevitable que existan choques cuando ciertos valores fundamentales entran en conflicto con otros: por ejemplo, cuando una persona o grupo sostiene prácticas que vulneran derechos básicos, ya sea por su cultura, por su religión o por su forma individual de ver el mundo. En esos casos, limitar la libertad de desplazamiento no sería una arbitrariedad, sería la consecuencia lógica de exigir un marco mínimo de convivencia.


La complacencia estratégica: decir lo que las instituciones esperan oír


Un amigo vive en Estados Unidos y su novia quiso viajar para verlo. Cuando aplicó a la visa fue sincera: dijo que iba a visitarlo. Se la rechazaron. Paradójicamente, si hubiera dicho “turismo”, probablemente se la hubieran aprobado. No se trata solo de cumplir reglas, sino de aprender qué relato es legible para las instituciones.


Y es ahí donde aparece lo que llamo complacencia estratégica: es ajustar el lenguaje para minimizar fricción, activar menos alarmas y atravesar el filtro. Decir lo que esperan oir. En muchos espacios institucionales, la sinceridad deja de ser un valor y pasa a ser una variable de riesgo.


Esta lógica también se ve en entrevistas laborales. En teoría, se evalúa competencia; en la práctica, muchas veces se evalúa cómo suenas: cuánta seguridad transmites, cuán estable pareces, cuán fácil eres de “procesar”. Se vuelve normal inflar, exagerar, sobreactuar confianza. Y lo paradójico es que, en muchos campos, cuanto más sabes, más sabes lo que no sabes. Cuanto más entiendes un área, más evidente se vuelve su complejidad.


En ese contexto, la sinceridad total no siempre es una virtud. No porque la verdad no importe, sino porque el sistema no premia la precisión: premia la confianza performativa, la legibilidad, la capacidad de no sonar frágil.


Una aclaración ética: vínculos personales


Para mí hay una distinción importante entre el mundo institucional y las relaciones que uno construye. En los vínculos personales —amistad, familia, pareja, o cualquier vínculo profundo— yo sí creo que la sinceridad debería ser absoluta. Sin sinceridad no hay confianza real; solo hay convivencia, negociación o apariencia. Puede haber cuidado en las formas, tiempos adecuados y sensibilidad para decir ciertas cosas, pero no una construcción deliberada de una versión falsa de uno mismo.


La libertad de moverse no implica moverse


Algo que conviene aclarar (porque suele aparecer como objeción automática) es que más libertad de movimiento no significa que la gente se mudaría masivamente. Incluso si el mundo fuera mucho más abierto, habría una tendencia muy fuerte —mayoritaria a nivel global— a quedarse en el lugar donde uno creció. Esto se debe a una estructura humana básica: familia, afectos, pertenencia, idioma, redes y costumbres.


Emigrar no es solo cambiar de geografía: es alejarse del modo de vida que tienes. No todo el mundo quiere reconstruirse en otro lado. Por eso, un mundo con mayor libertad de residencia no implicaría un caos migratorio permanente ni una reconfiguración total de la vida como la conocemos. Lo que cambiaría no sería que todos se van, sino que más personas podrían elegir y tener la experiencia de residir en un nuevo lugar. Todo esto sin que el costo administrativo sea desproporcionado.


Irregularidad como etapa: cuando el sistema fabrica vidas “en pausa”


Hay una consecuencia que se menciona poco y que me parece profundamente contraproducente: cuando un sistema migratorio es demasiado restrictivo o lento, no necesariamente frena el movimiento humano. Muchas veces lo único que logra es empujar a personas a vivir en situación irregular durante años. Esto debido a que quieren quedarse y construir una vida en el nuevo lugar, aunque en ciertos casos sea pagando un costo enorme en calidad de vida.


En algunos países esto ocurre de manera casi estructural: la lógica termina siendo “quédate como puedas, sobrevive como puedas, y si aguantas el tiempo suficiente tal vez después el sistema te habilite”. Mientras tanto, vives en un limbo. Trabajos en condiciones precarias, sin acceso pleno a derechos, sin estabilidad real, con miedo a cualquier trámite, con tu vida congelada administrativamente. Paradójicamente, se termina tolerando esa existencia irregular, aun cuando genera exactamente lo contrario de lo que se supone que busca: vulnerabilidad, informalidad y una integración degradada.


En otros lugares, la lógica es la opuesta: la irregularidad no se tolera, se castiga de forma dura. Hay países en los que ser detectado puede significar deportación, prohibición de reingreso o incluso exposición a situaciones de riesgo vital. Lo llamativo es que ambos modelos —el que tolera la irregularidad y el que la reprime violentamente— revelan el mismo problema: el sistema no está necesariamente diseñado para integrar. A veces parece diseñado para producir miedo o desgaste; otras, para aceptar una integración de baja intensidad.


Hay, además, un detalle importante: para muchas personas este problema es invisible. Quienes viven toda su vida en el mismo país o en regiones de libre circulación no activan nunca el régimen de permisos, por lo cual es como si esto no existiera.


La nacionalidad como “característica”


Yo nací argentino, pero no me siento necesariamente representado por una identidad nacional, mi ser no se describe por el lugar donde nací. Sí, hay costumbres que tengo, ciertos gustos y reflejos culturales que inevitablemente están influidos por donde viví mis primeros 23 años de vida. Pero muchos otros no. Y es evidente que, si hubiera nacido en otro lado, tendría otros hábitos, otras referencias y otra forma de estar en el mundo.


De hecho, en Portugal viví una situación que lo ilustra perfecto. Conocí a un portugués que, por historia familiar, también tiene nacionalidad argentina debido a que nació allí. Cuando me lo dijo, yo asumí automáticamente que hablaba español. En el momento, sin pensarlo, empecé a hablarle en español, como uno haría con alguien que “es argentino”. Pero a los pocos segundos me frenó: no entendía casi nada. Resulta que solo vivió allí su primer año de vida, y su vida entera estuvo construida en otro idioma y otra cultura. La nacionalidad estaba, pero el vínculo real —idiomático, cultural, vivencial— era inexistente.


En definitiva, el pasaporte no describe quién eres, sino cómo serás administrado. El mundo institucional lo trata como si fuera una propiedad definitoria del sujeto, como si dijera algo profundo sobre quién eres. Pero no es una característica intrínseca de tu ser: es una coordenada de origen, una herencia de una construcción social que, aunque objetivamente no exista fuera de nuestras convenciones, afecta de manera concreta cómo nos movemos en el mundo y cómo somos percibidos estructuralmente.


El pasaporte no dice quién eres; dice qué tan fácil será para el mundo dejarte existir en determinados lugares.

 
 
 

Comentarios


bottom of page