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Wittgenstein y el Tractatus: ¿Hasta dónde llega el lenguaje?

  • Foto del escritor: Felipe Diaz de Vivar
    Felipe Diaz de Vivar
  • 11 ene
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: 12 ene

Lectura e interpretación personal de un libro que intenta trazar el borde de lo decible

Leí el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein hace unos meses y es una obra con particularidades: por un lado, es un texto extremadamente seco, casi “matemático” en su forma; por el otro, está cargado de conceptos filosóficos que se extienden mucho más allá del propio texto. No es un libro largo, pero sí es denso: cada proposición está comprimida al máximo, como si el autor estuviera intentando decir “solo lo necesario”, sin una palabra de más.


La intención central del Tractatus es delimitar los límites del lenguaje: qué puede decirse con sentido (y con claridad), qué no puede decirse, y por qué muchísimas discusiones filosóficas terminan siendo un enredo que no es “falso”, sino un sinsentido para el autor.


1) Un detalle que parece menor, pero no lo es: las traducciones


Mi lectura tuvo una complicación práctica: el ejemplar que usé era bilingüe (alemán–inglés). La idea es buenísima… hasta que te das cuenta de que, en filosofía, una mala traducción te puede cambiar el mapa entero.


La edición que utilicé fue la versión bilingüe de Logostar Press, en traducción de Daniel Deleanu. Lo aclaro porque el problema que encontré no fue solo el típico desfase inevitable al traducir filosofía: en mi ejemplar aparecían errores puntuales de terminología (por ejemplo, “states of matters” donde esperablemente sería “states of affairs”), que no son simples matices y pueden desviar el sentido del texto. Por eso, al leerlo, se vuelve obligatorio contrastar con el alemán o con traducciones más confiables.


Y esto no es un detalle estético: si el libro trata sobre los límites del lenguaje, entonces la traducción se vuelve parte del problema filosófico.


2) La estructura: siete proposiciones y una numeración “con jerarquía”


El Tractatus está organizado alrededor de siete proposiciones principales (1 a 7). No son “capítulos” en el sentido clásico; funcionan más bien como ejes. Cada eje se despliega en subproposiciones numeradas con decimales (por ejemplo 2.01, 2.012, 2.0123…). La numeración intenta mostrar relación lógica y “nivel” dentro del sistema.


Esa forma de escribir ya es una postura filosófica: el texto quiere ser un esqueleto lógico, no una narración.


3) “El mundo” no como conjunto de cosas, sino como totalidad de hechos


El libro abre con la frase: “El mundo es todo lo que es el caso.” En español esa traducción me resultó extraña, porque caso, al menos en su uso habitual, suele remitir a algo particular (“un caso”), y no a una totalidad. En alemán, la frase es Die Welt ist alles, was der Fall ist, y Fall puede entenderse más cerca de “hecho” o “lo que ocurre”. Por eso, dentro de lo que permite el español, a mí me parece más fiel pensarlo como: “el mundo es la totalidad de los hechos”.


Esa diferencia no es menor, porque marca una idea central del comienzo: el mundo no es la suma de objetos, sino la suma de hechos.


Lo que hace que “haya mundo” no son cosas aisladas, sino configuraciones: maneras específicas en las que las cosas se dan, se relacionan, se ordenan. Las cosas están ahí, pero lo que constituye “el mundo” es cómo esas cosas se configuran: qué ocurre, qué relaciones efectivamente se dan.


En esa línea, Wittgenstein insiste en que “lo que es el caso” consiste en la existencia de ciertos estados de cosas (o “estados de disposición”). La intuición que me queda es que un objeto en sí mismo no explica demasiado; lo que explica es el hecho: el entramado, la relación, el “así y no de otra manera”.


Otra idea que se aborda, es que si conocemos un objeto conocemos también sus posibilidades de combinación. Dicho de forma libre: conocer algo es conocer su campo de posibilidad, los límites dentro de los cuales puede configurarse con otras cosas. No es una frase “científica” en sentido moderno, pero sí tiene un aire estructural: lo real no es un caos absoluto; tiene forma.


4) Lógica, representación y el límite de lo pensable


Hay un nervio central del Tractatus: si algo contradice la lógica, entonces no puede representarse con sentido. No es solo “no puedo dibujarlo” o “no puedo imaginarlo”: es que el lenguaje, cuando funciona, ya presupone una estructura lógica.


Wittgenstein usa comparaciones del estilo: sería como intentar dar coordenadas a una figura que viola las reglas geométricas. No es que “todavía no encontramos cómo”; es que estás pidiendo algo que no entra en el marco de representación.

Esto tiene una consecuencia fuerte: muchas afirmaciones filosóficas parecen profundas, pero al no respetar las condiciones de sentido del lenguaje, se convierten en frases que suenan a algo sin realmente decir algo.


En ese punto aparece una de las proposiciones más provocadoras del libro: que buena parte de las preguntas y enunciados tradicionales de la filosofía no son falsos, sino que carecen de sentido por estar mal formulados (o por exigirle al lenguaje algo que no puede hacer).


5) Ambigüedad: una misma palabra para cosas distintas


A lo largo del libro aparece una preocupación constante por la ambigüedad del lenguaje: una misma palabra puede referirse a cosas distintas, y eso genera confusión. Esto se ve todo el tiempo también fuera de la filosofía: muchas discusiones no ocurren por desacuerdos reales, sino porque cada persona está usando la misma palabra con un alcance o significado distinto.


Y cuando encima se transfiere eso a texto —sin tono, sin pausas, sin gestos, sin el “clima” de la voz— se pierden matices y se multiplican malentendidos. El lenguaje escrito es útil, pero también es más “peligroso” para los matices.


A partir de esto, se abre una reflexión personal: el problema no solo ocurre en una conversación o en un mensaje, sino que se amplifica cuando el tiempo entra en juego. El lenguaje está vivo, cambia, se desplaza, y eso está bien. Pero cuando una obra intenta sobrevivir a largo plazo, los significados mutan, los matices se erosionan y la interpretación queda cada vez más atada a épocas, idiomas y contextos distintos. En ese sentido, la idea de un sistema capaz de transferir información de manera inequívoca —que conserve el significado sin deformarlo y sin quedar a merced del cambio histórico— sería algo verdaderamente revolucionario. No para reemplazar el lenguaje vivo, sino para todo aquello que busca perdurar con fidelidad.


6) El idioma como límite: no solo lo que pensamos, también lo que podemos afinar


Todo esto conecta con una idea que suele leerse de manera tajante: que el idioma condiciona lo que pensamos. Yo creo que conviene matizarlo.

Decir que el idioma condiciona lo que pensamos no significa que estemos atrapados de forma absoluta. El lenguaje también es un producto social: se fue moldeando históricamente según lo que una comunidad necesitó distinguir, nombrar y coordinar. En ese sentido, no solo “heredamos” un marco; ese marco existe porque, a lo largo del tiempo, a una sociedad le importó hablar de ciertas cosas más que de otras, y por eso consolidó palabras, matices y distinciones.


Y cuando no existe una palabra específica, no es que la idea sea imposible: muchas veces simplemente requiere más rodeo. Se debe usar varias palabras para aproximarte a algo que, en otro idioma, quizás tiene una etiqueta breve y estable. Esa diferencia no determina lo que podemos pensar, pero sí afecta la facilidad, la precisión y hasta la naturalidad con la que ciertos pensamientos se vuelven comunicables—y por lo tanto compartibles, discutibles y “habitables” en la vida cotidiana.

En ese marco, la siguiente frase del libro cae con más peso:


“Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo.”


Y esto, en mi caso, es bastante literal: vivo en Alemania y todavía no dominó el alemán. Por eso no es solo “me falta vocabulario”, sino que mi capacidad de moverme social y profesionalmente queda recortada. Puedo tener el pensamiento, pero me falta la herramienta para expresarlo con el mismo nivel de precisión con el que lo haría en español o en inglés.


7) Autorreferencia: la función no puede ser su propio argumento


Hay una parte que, aunque técnica, abre intuiciones muy grandes: cuando Wittgenstein trabaja la idea de que una función no puede ser su propio argumento. En el texto esto aparece con formulaciones lógicas y con cierto despliegue formal, pero la intuición que se asoma es la de los límites de la autorreferencia.


Cuando un sistema intenta describirse o modelarse a sí mismo por completo, aparece un problema de autorreferencia. Si el modelo forma parte del mismo mundo que pretende modelar, tarde o temprano termina incluyéndose dentro de su propio contenido, generando un bucle. El punto no es tanto la conclusión, sino el tipo de borde que aparece: hay cosas que, desde adentro del mismo marco, no pueden capturarse sin dejar un resto o sin caer en una forma de paradoja.

8) Identidad: por qué “A = A” no informa (y por qué “A = B” no existe en lo real)


Hay una observación del Tractatus que me parece especialmente filosa cuando se la baja a tierra: decir “A es idéntico a A” no aporta nada. No es que sea “falso”; es que es redundante. Es la misma cosa repetida bajo otra forma. No describe ninguna diferencia, no agrega contenido: simplemente vuelve a nombrar lo mismo.

Y decir “A es idéntico a B” en el mundo real tampoco termina de tener sentido si lo tomamos literalmente. Dos cosas pueden ser muy parecidas, casi indistinguibles para nosotros, incluso copias extremadamente fieles… pero no son la misma cosa.


Un ejemplo simple (y muy cotidiano) sería agarrar dos hojas de papel: para nosotros pueden “ser lo mismo” en términos prácticos —porque, honestamente, da igual cuál usar—, pero no son idénticas. Son únicas: ocupan un lugar distinto en el espacio, tienen una historia distinta aunque sea mínima, y aun si fueran fabricadas “igual”, están sujetas a condiciones distintas. En la realidad, lo máximo que solemos querer decir con “A = B” es “A y B son equivalentes bajo cierto criterio”, “se comportan igual en tal contexto”, “son intercambiables para este propósito”. Pero eso ya no es identidad absoluta: es equivalencia, similitud, función, convención.


Ahora: en el mundo abstracto esto cambia. En matemática, por ejemplo, escribimos “2 = 2” o “A = A” todo el tiempo, pero ahí “=” no describe un hecho físico del mundo, sino una relación dentro de un sistema formal. Y aun así, incluso en ese plano, “A = A” es una tautología: no te dice nada nuevo sobre A; solo reafirma una regla del lenguaje formal.


Cuando hablamos de números y objetos matemáticos como si fueran “cosas” que existen allá afuera de manera independiente, nos olvidamos de que no son entidades empíricas.

Los números no se encuentran en el mundo como se encuentra una mesa o una piedra; funcionan como herramientas de descripción, de conteo, de estructura, de predicción, dentro de sistemas que construimos para operar con la realidad. Eso no les quita potencia (al contrario), pero sí cambia el tipo de “existencia” del que estamos hablando.


9) Solipsismo y el sujeto como límite del mundo


En la parte final, Wittgenstein toca el solipsismo y el lugar del sujeto. Hay una idea que me parece especialmente potente: que el sujeto no es un objeto dentro del mundo, sino una especie de borde del mundo.


Mi interpretación personal aquí es que, en la práctica, mi mundo es el conjunto de todo aquello a lo que puedo acceder: lo que puedo experimentar, inferir o recibir como información.


No porque el mundo “sea mi mente”, sino porque lo que es el mundo para mí está necesariamente recortado por mis condiciones de acceso y de representación. Y esto no es un capricho psicológico: es una limitación estructural.


10) El cierre famoso: callarse… pero entendido en contexto


El Tractatus termina con la proposición 7, que se cita muchísimo (a veces como slogan vacío):

“De lo que no se puede hablar, hay que callar.”

Fuera de contexto, puede sonar como una invitación a no pensar o a censurar preguntas. Pero dentro del libro, el sentido es otro: Wittgenstein está diciendo que hay cosas que el lenguaje no puede formular con sentido, porque no encajan en sus condiciones lógicas.


A partir de ahí, y como reflexión personal (esto ya no está en el Tractatus), cuando intentamos hablar de aquello que queda fuera de lo que puede decirse con sentido —por ejemplo, “qué hay después de la muerte”, si existe un “más allá”, o qué ocurre con “la conciencia” cuando termina la vida— muchas veces no estamos describiendo un hecho (porque no tenemos acceso a ese tipo de hechos), sino exponiendo una necesidad humana. La necesidad de cerrar un agujero, de calmar una inquietud, de darle forma narrativa a algo que nos excede.

Incluso si existiera algo después de la muerte, no solo estaría fuera de lo que el lenguaje puede decir con sentido: estaría fuera de nuestro alcance cognitivo. No podemos experimentarlo, verificarlo ni contrastarlo. Y cuando intentamos hablar de eso, inevitablemente usamos conceptos nacidos dentro de este marco de existencia para referirnos a otro (si es que lo hay).


En ese sentido, esas preguntas “metafísicas” pueden ser lógicamente improcedentes como proposiciones (no porque sean tontas, sino porque no cumplen las condiciones para ser verificables, dibujables o representables en el mismo marco que los hechos del mundo), pero aun así, mi conclusión es que son relevantes: no como información sobre el universo, sino como información sobre nosotros. Hablan de miedo, de deseo de sentido, de intolerancia a la incertidumbre, de la necesidad de continuidad, de la voluntad de que lo que consideramos valioso no se pierda.


Y esto es lo interesante: que el límite del lenguaje no cancela la pregunta; lo que cancela es la pretensión de que esa pregunta pueda responderse como si fuera un hecho más del mundo. En muchos casos, el gesto más honesto no es “explicar” lo inexplicable con conceptos reciclados de la vida cotidiana, sino reconocer que ahí el lenguaje empieza a funcionar como síntoma de nuestras inquietudes, más que como descripción de una realidad accesible.


Eso no significa que esas cosas “no importen”. De hecho, una lectura posible del libro es que Wittgenstein está trazando el borde: mostrando qué puede decirse con sentido, y dejando señalado —sin convertirlo en teoría mal formulada— aquello que se vive, se intuye, se valora o se experimenta, pero que no entra limpiamente en proposiciones sobre hechos.


Epílogo personal: por qué me interesan estos libros


Yo no llegué a Wittgenstein por una carrera de filosofía, sino por una necesidad más básica: cuestionarme el mundo, comprenderlo, encontrar sus límites, entender por qué ciertos debates parecen no ir a ningún lado, y descubrir que muchas cosas que uno “inventa” en su cabeza ya fueron pensadas con una profundidad enorme.


El Tractatus es un libro que te obliga a afinar el oído: a distinguir cuándo una frase tiene sentido, cuándo solo “suena” a sentido, y cuándo estás intentando decir algo que el propio lenguaje no está preparado para decir.

 
 
 

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